HOMBRES, ¿MEROS
ACOMPAÑANTES EN LA GESTACIÓN Y NACIMIENTO DE LOS HIJOS?
Tengo dos hijos, Lidia y David,
actualmente con 22 y 18 años de edad respectivamente (¡Cómo pasa el tiempo!).
Cuando mi mujer quedó embarazada de Lidia intenté informarme de todo lo
relativo a la gestación, nacimiento y primera infancia. Devoré revistas, libros
y todo lo que cayera en mis manos sobre el tema. Quería vivir una paternidad
consciente, “hacerlo bien”. Todo lo que leía describía con todo detalle los
cambios fisiológicos de la madre y del bebé en su desarrollo intrauterino; el
proceso del nacimiento con las diferentes técnicas con las que solventar
posibles problemas; los primeros cuidados. Pero yo sentía la necesidad de ser
partícipe en este proceso, no un mero espectador. El contacto afectivo con mi
mujer, cuidarla y mimarla, estar atento a sus necesidades y estados de ánimo,
era una forma de sentirme implicado en su embarazo. Pero ¿y el bebé?. Por pura
intuición o instinto o misteriosa necesidad, cada día colocaba mis manos en su
vientre y hablaba con mi hija, la acariciaba, la besaba. Esa cercanía, ese
contacto con mi hija y años después con mi hijo, mantenido durante la infancia,
nos ha dado el mejor de los frutos: un vínculo afectivo que nos permite crecer
juntos, comunicarnos, transmitirnos afecto y cariño, en una palabra: amarnos.
Me viene a la mente un amigo mío,
muy bien considerado en la empresa donde trabaja debido a los grandes
resultados productivos que obtenía año tras año. Ello gracias a que su jornada
laboral no tenía fin, incluyendo algunos sábados. Un día le pregunté porqué
dedicaba tanto tiempo al trabajo, alargando la jornada laboral cada día hasta
la noche. Me dijo que de esta forma, cuando llegaba a casa, sus dos hijos (por
entonces de 8 y 4 años de edad) ya estaban bañados, cenados, con el pijama
puesto y listos para ir a dormir. Mi amigo me produjo una honda tristeza.
Estaba desperdiciando una de las experiencias más maravillosas y gratificantes
del ser humano: ser padres. No pudo disfrutar de bañar a sus hijos, cambiarlos,
darles de comer, jugar con ellos, leerles un cuento. Pero lo que es peor por
sus consecuencias futuras para sus hijos, no creó un vínculo afectivo con
ellos, no les enseñó, ni aprendió de ellos, no fue capaz de ser PADRE. Porque
ser padre no es dejar embarazada a una mujer, aportar el dinero necesario para
su manutención, delegar en ella todas las funciones afectivas y de cuidado y
acabar siendo una figura autoritaria, dura, alejada de todo sentimiento o
contacto afectivo. Claro, los niños crecen y llega la adolescencia, entonces
surgen las quejas por parte del padre: ¡No nos entendemos, no me hace caso, no
me cuenta nada, va a su rollo, no quiere salir conmigo, es un rebelde, no sé
qué hacer con él,.........! ¿Y qué se podía esperar?.
Los hombres, los padres, podemos y
debemos participar en el desarrollo de nuestros hijos desde el mismo momento en
que la madre se sabe embarazada. Por dos razones. Una porque como padres
disfrutaremos y nos enriqueceremos y otra porque estaremos poniendo las bases,
los cimientos, de la estructura psicoemocional de nuestro hijo, otorgándole una
gran estabilidad y armonía emocional que le acompañará el resto de su vida, que
serán las raíces fuertes y sanas, sustento del árbol adulto en que se
convertirá.
No hay ninguna duda, después de
muchos años de escuchar los relatos de pacientes a través de la Terapia PsicoEmocional
(se les lleva a la vivenciación -ver y sentir- de su gestación y nacimiento),
se demuestra lo que la propia base teórica y experimental de la Terapia, en cuanto a los
diferentes estados perceptivos por los que atravesamos desde nuestra concepción
ya apuntaba, que la época más fundamental en la biografía del ser humano es la
de su gestación y nacimiento. Era inimaginable
para mí, la capacidad perceptiva, sobre todo emocional, de un bebé dentro de su
madre, hasta el punto que posee lo que hemos denominado “Percepción
Extrautetina”, que es su capacidad de focalizar su conciencia fuera de su
madre, de percibir, de ver, todo lo que sucede en el exterior del útero. Ello
hace que a parte del papel fundamental de la madre, con quién está en total
simbiosis, sea también fundamental el papel del padre, tanto en conseguir para
la madre un nivel afectivo, de comprensión, de tranquilidad adecuados, como para
iniciar el vínculo afectivo con nuestro hijo, a través de nuestras palabras,
nuestro contacto, e incluso nuestros actos. De esta forma se nos otorga, si
queremos aceptarlo, un papel participativo, no de mero acompañante, en la
gestación y nacimiento de nuestros hijos.
Y hablando del nacimiento, debemos
luchar para poder traer al mundo a nuestros hijos de la forma que consideremos
mejor, dándonos la oportunidad de optar por nacimientos naturales, rodeados del
ambiente adecuado y respetando nuestras decisiones. (Aquí sí que vale la pena
ser un padre autoritario).
Todas las personas –mujeres,
hombres, madres, padres, comadronas, enfermeras, médicos, terapeutas, docentes,
etc.- sabedores de la importancia de la gestación y el nacimiento para el
futuro del bebé (que es lo mismo que decir para el futuro de la humanidad) no
deberíamos escatimar esfuerzos para concienciar a la mayor gente posible de
esta realidad.
A quién no tenga conciencia de
ello deberíamos procurar abrírsela. (Eso sí, con todo el cariño y paciencia del
mundo).
A quién tiene conciencia, dotarle
del conocimiento y herramientas necesarias para llevarla cabo.
Conclusión: Pese a que los hombres
no llevemos nuestros hijos dentro de nosotros (lo cual me da auténtica y sana
envidia de las mujeres) NOSOTROS TAMBIÉN DESEMPEÑAMOS UN PAPEL FUNDAMENTAL,
TAMBIÉN PODEMOS VIVIR LA
GESTACIÓN Y EL NACIMIENTO EN TODA SU INTENSIDAD. SER
PARTÍCIPES DEL MILAGRO DE UNA NUEVA VIDA. NO LO DESAPROVECHEMOS.
Quizás fruto de mi frustración de
no poder quedar embarazado, quizás de mi especial sensibilidad ante los más
inocentes y desvalidos: los niños y los animales (a los primeros me los como a
besos y a los segundos no me los como), quizás de la concienciación de la importancia de la gestación y nacimiento,
quizás después de haber escuchado a mis pacientes relatar dramáticamente sus
experiencias traumáticas de gestación y nacimiento y comprobar sus
consecuencias en su infancia y vida de adulto, quizás...¡que más da!. La
realidad es que debía actuarse de forma preventiva, mirar de evitar ese
sufrimiento que por desgracia supone a veces la gestación y más frecuentemente
el nacimiento. Y no estoy hablando sólo de un sufrimiento físico, sino, lo que
es más importante, de un sufrimiento emocional. El bebé tiene una percepción abierta
a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre con
la que mantiene una simbiosis total. Y esa simbiosis no significa que el
cerebro del bebé sea el de la madre, sino la existencia de dos cerebros, cada
uno de ellos con capacidad para recibir y almacenar información. Siendo el bebé
básicamente receptivo, con una receptividad subjetiva, puramente emocional. que
globaliza todo impacto como si el impacto fuera él. Así el bebé escribe en su
sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo todo, cuando emotivamente la
madre lleva escrito y cuanto la madre va escribiendo en su mente. Tal como lo
define el investigador Joaquín Grau: “Madre:
en tú útero escribes el futuro de tú hijo”. La forma preventiva de que
hablo trata de concienciar a los padres de ello, especialmente a la madre, que
por el hecho de llevar a su hijo en el vientre, está en continuo contacto con
él. A través de Talleres, donde se transmite este conocimiento y se dan las
directrices prácticas para afrontar estas etapas y de sesiones individuales con
la madre gestante (a la que puede asistir y participar el padre) se trabaja la
comunicación con el bebé, llegando a unos estados de conciencia que permiten
transmitirle todo el afecto, cariño, protección, preparar el nacimiento y crear
ese vínculo afectivo necesario para su armónico y equilibrado desarrollo
psicoemocional. Es asombrosa la comunicación que se establece entre ambos,
emocionante para todos, incluído el terapeuta. La madre y el padre viven una
gestación y un nacimiento participativos, responsable, que les permite vivir la
experiencia de una forma plena. Y yo disfruto de una gestación tras otra.
Por Enrique Blay, www.elbebeemocional.blogspot.com